Libro: Romance del duende que me escribe las novelas

Romance del duende que me escribe las novelas (Rivera Letelier) aborda la ingenuidad de la infancia y, como es costumbre en el autor, la vida en la pampa Chilena. El libro a pesar de ser brevé nos lleva a nuestro primigenio mundo, la infancia, sumergiendose en sus propias memorias. Emplazada en la salitrera de Buenaventura, Rivera rememorá sus amores, la muerte de sus hermanos y el fallecimiento de su madre, todo visto desde la optica del niño que era. Pero su vida no estará exenta de aventura, pues un duende lo impulsará a perseguir sus mas preciados sueños. Emilio (a quien conocí por Anobii) opina lo siguiente respecto a este libro:

Es un relato para leerlo en un tarde silenciosa. Nos encontramos con un Rivera Letelier profundo y explicitamente más reflexivo, este romance escapa de las narraciones a las que el autor nos tiene acostumbradxs y nos lleva rescatar las ilusiones que manteníamos cuando niñxs y contrastarlas con la velocidad y la soledad de la vida moderna… Una tierna historia ambientada también en la vida bajo el sol del norte salitrero chileno.

Una de las partes que mas cautivó mi atención tiene relación con un canto que el autor hace a su pampa querida, el titulo “canción del desierto” escrito para un concurso en heptasílabas casi perfectas, pero que luego pasó a prosa ya que el concurso era de prosas (LOL) y que transcribo para gusto del lector:

“Yo no canto al desierto dibujado en los mapas, coloreado en café y surcado de rayas, el que el dedo recorre sin bajar sus quebradas, si oír sus silencios, sin otear sus distancias. Yo no canto al que canto al desierto dibujado en los mapas”

“El desierto al que canto es el desierto del alma, ese cartografiado en la piel de la cara, el que habita conmigo, el que tengo por casa –mi altar es una piedra y mi patio es la pampa-. El desierto al que canto es desierto del alma”.

“Yo no canto al desierto descubierto en postales, ese coleccionado en recuerdos de viajes, donde el sol es un globo y los cielos vitrales, yo todo tiene un dejo de idílico paisaje, Yo no canto al desierto descubierto en postales”.

“El desierto al que canto es el desierto de sangre, el de gestas heroicas, el de atroces masacres, el de días ardientes, el de noche glaciales, el de vientos que hieren con esquirlas de sales. El desierto al que canto es el desierto de sangre”.

 “Yo no canto al desierto que cuentan los turistas –entrevisto de lejos y bajo una sombrilla-, el de piedras guardadas como cosas bonitas, el de cerros en poses para fotografías. Yo no canto al desierto que cuentan los turistas”.

“El desierto al que canto es de toda una vida en busca de una huella o una veta perdida, el de piedras que estallan en su sed infinita, el de espejismos azules y soledades sin orillas. El desierto al que canto es el de toda una vida”.

“Yo no canto al desierto de los que un día fueran sin sentir que morían –como irse de una fiesta-, y no dejaron nada, ni siquiera una huella; su paso fue una nube que ninguno recuerda. Yo no canto al desierto de los que un día se fueran”.

“El desierto al que canto es el de los que se quedan. Y si un día se van, su recuerdo es estrella, pues al volver la cabeza su alma se le queda como un cráneo de vaca condecorando la arena. El desierto al que canto es el de los que se quedan”.

“Yo no canto al desierto con la voz del poeta; cuando yo canto al desierto, las que cantas son las piedras”.

 

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